¡El viento!:

Hay ocasiones en que merece la pena hacer un stop,
detener por un momento el viaje de tu ruta
y empaparte de esa sensación que ha llamada tu atención.

A todos los fotógrafos nos pasa,
pero permitirme que hable en primera persona,
y bajo mi experiencia personal.

campo de amapolas (1 de 4)

– Cuando me voy de aventura con el equipo fotográfico,
y de la manera como me gusta,
sin tener que ir descontando el tiempo de las manecillas del reloj,
porque me puedo regalar esa libertad y paz.

Aparecen de la nada escenarios que no solo llaman tu atención,
sino que parecen algo magnético que hace te detengas de repente.

Esa especie de magia es un tesoro que hay que cuidar,
que no siempre aparece cuando tu quieres,
por lo que hay que escucharla y acatar sus ordenes,
permitiéndote hacerle un tributo,
y zambullirte en esas emociones que de seguro te aguardan.

Así fue aquella mañana del 10 de Junio,
cuando íbamos tres amigos fotógrafos disfrutando del día,
y algo me incito a que nos detuviéramos un instante.

– Y de esa parada surgió este reportaje,
un homenaje a ese viento que se extiende como aliento,
sobre los campos sembrados de trigo.

En donde surgen de forma furtiva Amapolas y otras flores,
que se aferran a una tierra de la que eran dueños,
antes de que nada llegase.

campo de amapolas (2 de 4)

– Las amapolas me recuerdan a mi infancia,
a un recuerdo y me encantan como quedan entre los campos de trigo.

Antaño se las podía ver colonizar campos enteros,
donde vivo.

Ahora van camino de pertenecer al terreno de las leyendas,
como esas luces vivas llamadas luciérnagas,
que de niño perseguía.

¡Ya no existen!, ya no se las ve en mi tierra,
ya solo pertenecen a la memoria.

campo de amapolas (3 de 4)

– Ese viento que se desataba sobre el trigo,
producía un sonido francamente evocador.

Transmitía una serenidad, una armonía y paz,
que más parecía ser un recuerdo impregnado primigenio,
que algo aprendido en una vida.

Se mecían, rozaban unas espigas con otras,
y las amapolas se erigían como atalayas,
como torres solitarias y remotas,
aisladas en un campo que las protegía
y veneraba como algo efímero y bello.

– Y ese mismo aliento que zarandeaba el trigo,
que mecía las amapolas y las flores,
y que hacia que cobrara vida
aquel hermoso campo silvestre;
era un viento bonancible que nos acompaño después,
en nuestro viaje aquel día.

Y construyo de lo invisible lo increíble,
para la incredulidad de tres amigos
que solamente atinaban a disparar sus cámaras y sonreír.

campo de amapolas (4 de 4)
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10 Junio 2016, provincia de Teruel, España
– La parada del Stormchaser –

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